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viernes, julio 06, 2018

Solenoide (Fragmentos)

Solenoide
Imagen de la Razón


¿Qué mundo era este? ¿En qué locura inmóvil y extraña me había tocado vivir? ¿Sobreviviría lo suficiente como para encontrar una respuesta? ¿Para dar con la salida? ¿Llegaría a entender alguna vez, desde el centro de mi soledad, este artefacto de otros mundos que es mi vida? Y de repente allí, en la sala vacía, concreta, con su mesa cubierta con una tela roja, con su armario para los cuadernos, con sus cuadros manchados por los excrementos de las moscas, me invadió un espanto que no había sentido ni en mis sueños más terroríficos. No era miedo a la muerte, ni al sufrimiento, ni a las enfermedades terribles, ni a la extinción de los soles, sino el pánico a la idea de que no lo entendería, de que mi vida no ha sido lo suficientemente larga ni mi mente lo suficientemente buena como para entender. Que de hecho ya me han enviado todas las señales y que no he sabido leerlas. Que también yo me pudriré en vano, junto con todos mis pecados y mi estupidez y mi desconocimiento, mientras que la apretada, intrincada, abrumadora adivinanza del mundo perdurará, límpida, natural como la respiración, simple como el amor, y se derramará en la nada, virginal e irresoluta.




Fragmento de la novela “Solenoide” de Cartarescu

lunes, junio 05, 2017

Pensaba en mi sillón de orejas (Fragmentos)

Tala de Thomas Bernhard


Creen, porque se han hecho un nombre y han recibido muchos premios y publicado muchos libros y vendido sus cuadros a muchos museos y han publicado sus libros en las mejores editoriales y colocado sus cuadros en los mejores museos y este Estado repulsivo les ha otorgado todos los premios imaginables y les ha colgado del pecho todas las condecoraciones imaginables, que han llegado a ser algo, pero no han llegado a ser nada, pensaba. Todos son, como suele decirse, artistas conocidos, incluso famosos, y forman parte como senadores del llamado Senado de las Artes y se llaman profesores y ocupan todas las cátedras imaginables en nuestras academias y han sido invitados unas veces por esta y otras por aquella escuela superior o universidad y hablan unas veces en este y otras en aquel simposio y viajan unas veces a Bruselas y otras a París y otras a Roma y a los Estados Unidos de América y al Japón y a la Unión Soviética o a China, adonde todos, con el tiempo, han sido o son invitados, y pronuncian conferencias sobre sí mismos e inauguran exposiciones de sus cuadros y, a pesar de todo, según pienso, no han llegado a ser nada. Sencillamente, ninguno de ellos ha llegado a lo más alto y sólo eso más alto, pienso, da satisfacción.


De Tala de Thomas Bernhard

martes, marzo 14, 2017

Las olas - V. Woolf (fragmentos)


Las olas
Editado de Unsplash

Este es el primer día de una nueva vida, un nuevo eje de la rueda que sube. Pero mi cuerpo pasa a través de ella como la sombra errante de un pájaro. Yo pasaría como la sombra que se oscurece rápidamente sobre los prados, se desvanece y muere en el límite de la selva, si no fuera porque obligo a mi cerebro a trabajar: me obligo a mí mismo a fijar, aunque sólo sea en un verso de un poema no escrito, este instante; a anotar, a señalar esta pulgada de la larga historia que comenzó en Egipto, en tiempo de los faraones, cuando las mujeres llevaban ánforas rojas al Nilo. Paréceme que hubiera vivido ya millares de años. Pero, si cierro mis ojos, si no logro percibir dónde se juntan el pasado y el presente y que estoy sentado en un vagón de tercera clase, en un tren lleno de muchachos que regresan a pasar las vacaciones a sus casas, un momento de la historia humana será defraudado de su visión. Sus ojos que quieren ver a través de mí, se cerrarían si yo me durmiera ahora por pereza o cobardía, sepultándome en el pasado, en le oscuridad…


Del libro: Las olas de Virginia Woolf



martes, enero 17, 2017

La carretera - C. McCarthy (Fragmentos)


En este post breve, comparto tres citas de una de mis mejores lecturas de los últimos años: La Carretera de Cormac McCarthy. Lo reseñé unos días atrás. Marqué medio libro y me gustaron mucho estas frases. Espero que también les gusten. ¡Buenas lecturas!





La carretera - C. McCarthy


La carretera - C. McCarthy


La carretera - C. McCarthy






jueves, enero 05, 2017

Los hermosos vencidos (Fragmentos)


Los hermosos vencidos


"Siempre quise ser amado por el Partido Comunista y la Madre Iglesia. Quise vivir en una canción folk como Joe Hill. Quise llorar por el pueblo inocente al que mi bomba tendría que mutilar. Quise dar las gracias al padre campesino que nos alimentó en la accidentada fuga. Quise llevar la manga prendida con alfileres por la mitad, y que la gente sonriera mientras yo saludaba con la mano contraria. Quise estar en contra de los ricos, aun cuando alguno de ellos conociera a Dante: inmediatamente antes de su destrucción, uno de ellos se enteraría de que yo conocía a Dante también. Quise que mi cara circulara por Pekín, con un poema escrito espaldas abajo. Quise sonreír al dogma, pero destruir mi ego contra él. Quise enfrentarme a las máquinas de Broadway: Quise que la Quinta Avenida recordara sus senderos indios. Quise salir de una ciudad minera con los ademanes groseros y las convicciones que me dio un tío ateo, borrachín, oveja negra de la familia. Quise lanzarme a través de América en un tren precintado, el único hombre blanco a quien los negros aceptarían en la negociación del convenio. Quise asistir a cócteles llevando una ametralladora. Quise decirle a una vieja amiga, a quien le espantan mis métodos, que las revoluciones no estallan sobre las mesas de un buffet, uno no puede picar y escoger, y contemplar su traje de noche plateado, humedecido en la ingle. Quise luchar contra el poder de la Policía Secreta, pero desde dentro del Partido. Quise que una anciana que había perdido a sus hijos me recordara en sus oraciones en una iglesia de barro, pidiendo la intercesión de sus hijos. Quise santiguarme al oír palabras sucias. Quise tolerar vestigios paganos en el ritual de los poblados, protestando contra la Curia. Quise comerciar en secreto con bienes raíces, como agente de un billonario anónimo sin edad".



De la novela de Leonard Cohen, Los hermosos vencidos

La foto pertenece a pixabay y está editada por mí



martes, diciembre 20, 2016

Tiempo de silencio (Fragmentos)


Ciudad

"De este modo podremos llegar a comprender que un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimento en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador. Podremos comprender también que la ciudad piensa con su cerebro de mil cabezas repartidas en mil cuerpos aunque unidas por una misma voluntad de poder merced al cual los vendedores de petardos de grifa, los hampones de las puertas traseras de los conventos, los aprovechadores del puterío generoso, los empresarios de tiovivos sin motor eléctrico, los novilleros que se contratan solemnemente para las capeas de los pueblos del desierto circundante, los guardacoches, los recogepelotas de los clubs y los infinitos limpiabotas quedan incluidos en una esfera radiante, no lecorbusiera, sino radiante por sí misma, sin necesidad de esfuerzos de orden arquitectónico, radiante por el fulgor del sol y por el resplandor del orden tan graciosa y armónicamente mantenido que el número de delincuentes comunes desciende continuamente en su porcento anual según las más fidedignas estadísticas, que el hombre nunca está perdido porque para eso está la ciudad (para que el hombre no esté nunca perdido), que el hombre puede sufrir o morir pero no perderse en esta ciudad, cada uno de cuyos rincones es un recogeperdidos perfeccionado, donde el hombre no puede perderse aunque lo quiera porque mil, diez mil, cien mil pares de ojos lo clasifican y disponen, lo reconocen y abrazan, lo identifican y salvan, le permiten encontrarse cuando más perdido se creía en su lugar natural: en la cárcel, en el orfelinato, en la comisaría, en el manicomio, en el quirófano de urgencia, que el hombre —aquí— ya no es de pueblo, que ya no pareces de pueblo, hombre, que cualquiera diría que eres de pueblo y que más valía que nunca hubieras venido del pueblo porque eres como de pueblo, hombre".



Del libro de Martín Dos Santos, Tiempo de silencio

domingo, noviembre 06, 2016

La sala número 6 de Antón Chéjov (Fragmentos)

Chernobyl
Foto de Hoshino Ai


Las personas que, por razón del cargo, están diariamente cerca de los sufrimientos ajenos, acaban siendo tan insensibles, que, aun queriendo, no pueden tratar a sus clientes nada más que de una manera formalista. Así, inconscientemente, se vuelven crueles, como el carnicero, habituado a matar reses, no se percata de la sangre que derrama. En estas condiciones, condenar a un inocente, hacerlo arrestar, enviarlo al presidio, resulta bastante fácil, y todo es cuestión de contar con el tiempo indispensable para llenar las formalidades del caso... Aquí no hay medio de probar que se es inocente; no hay esperanza de que la verdad triunfe y se imponga. Además, en esta sociedad perversa y corrompida, que considera la violencia como una necesidad absoluta y que se indigna y subleva cuando los jueces pronuncian una sentencia absolutoria, ¿quién piensa en la justicia?


Fragmento de: La sala número 6 de Antón Chejov. 

jueves, septiembre 08, 2016

Que el futuro nos perdone (Fragmentos)




"Mañana —si es que hay algún «mañana»— quienes hoy se arman para una guerra nuclear y su matemática del exterminio masivo serán juzgados ante el tribunal de la Historia como lo fueron Hitler y sus doctrinas, a las que hoy todos consideran delirantes. Pero ese juicio llega siempre demasiado tarde. Es incapaz de devolver la vida a las víctimas. Antes de que el campo y la ciudad sean devastados a consecuencia de un error en la política de disuasión, antes de que la Tierra, si es que no se convierte en un cementerio, se torne un gigantesco hospital de inválidos, hemos de saber que el efecto retroactivo de las bombas atómicas sobre el espíritu humano ha enloquecido a sus propietarios en el sentido más literal del término, y su locura es tanto más peligrosa cuanto que sus representantes parecen hablar razonablemente y comportarse como personas normales, civilizadas y responsables. ¿Qué podemos hacer nosotros, los ciudadanos, los enlutados de mañana, para evitar que el delirio de una catástrofe nuclear de estos «fríos calculadores» se precipite sobre nosotros?".


Fragmento de: El piloto de Hiroshima. Günther Anders

jueves, enero 28, 2016

Ánima (Fragmentos)

La imagen es de Frances Grunn para Unsplash


Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio. Encerrados en su razón, la mayoría no conseguirá nunca franquear la sinrazón, o lo hará al precio de una iluminación que los dejará locos y exangües. Lo que tienen entre manos los absorbe y, cuando las manos están vacías, se las llevan a la cara y lloran. Los humanos son así.


De Ánima de Wajdi Mouawad

lunes, diciembre 14, 2015

Los siete locos - Roberto Arlt (Fragmentos)


 
Foto de Greg Rakozy para Unsplash



Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiro una bomba, o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe, el hombre para quien infinitas generaciones de jurisconsultos prepararon castigos, cárceles y teorías. Yo, que soy la nada, de pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes, secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. ¡Eso sí que es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia, como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra.


martes, noviembre 10, 2015

Ánima (Fragmentos)


Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio. Encerrados en su razón, la mayoría no conseguirá nunca franquear la sinrazón, o lo hará al precio de una iluminación que los dejará locos y exangües. Lo que tienen entre manos los absorbe y, cuando las manos están vacías, se las llevan a la cara y lloran. Los humanos son así.




Ánima de Wajdi Mouawad
Imagen de Freepik y editada por mí

jueves, noviembre 05, 2015

En qué creo - Ballard (Fragmentos)



Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.


Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.






Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.


No creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas solo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.


Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.


Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.

Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.

Creo en el dolor.

Creo en la desesperanza.

Creo en todos los niños.

Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.

Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en toda la rabia.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.






Y ustedes, ¿se animan a escribir su propia lista de aquello en lo que creen?

Me quedo con esta frase fantástica




Fragmento del poema de J. G. Ballard publicado en la revista Interzona y traducido por Claudia Kozak


Fuente: Educ/ar Foto de freepik y editada por mi



viernes, octubre 30, 2015

Obras completas de Sally Mara - Raymond Queneau (Fragmentos)

Aritmética afectiva: El amor: 1 + 1 = 1. El orgullo: 1 x 1 = 10. La vanidad: 0,1 x 0 = 10. El complejo de inferioridad: 1 x 1 = 0. El complejo de Edipo: 1 + 2 = -2. La angustia: 1 x ∞ = 13. La voluntad: 0 x ∞ = 0,01. El crimen: 1 + 1 = 1 + 0. La justicia de los hombres: (1 + 1) (0 + 1/2) = 0 + 0. El misticismo: 1 x ∞ = 7. La gilipollez: 1/∞ = 0. La fe: 3 = 1. La caridad: 1000 - 1 = 999. La esperanza: x = 15 000 000. La avidez: 1 + 1000 = 1,08. La lujuria: 1 + 1 = 32. La cólera: 1 x 1 = 36. La avaricia: 1000 + 1000 = 0,25.



domingo, septiembre 20, 2015

Diario de duelo - R. Barthes (Fragmentos)




Hay un tiempo en que la muerte es un acontecimiento, una a-ventura, y con ese derecho moviliza, interesa, tiende, activa, tetaniza. Y luego un día, ya no es un acontecimiento sino otra duración, amontonada, insignificante, no narrada, gris, sin recurso: duelo verdadero insusceptible de una dialéctica narrativa.




Fuente de la imagen: Freepik

domingo, agosto 30, 2015

El país de las últimas cosas II - Paul Auster (Fragmentos)



Es posible acostumbrarse tanto a no comer, que uno puede llegar a prescindir totalmente de la comida. La situación es mucho peor para aquellos que luchan contra el hambre, ya que pensar demasiado en comer sólo puede ocasionar problemas. Son los que están obsesionados, los que se niegan a aceptar los hechos. Vagan por las calles al acecho a todas horas, hurgando entre la basura por un bocado, corriendo enormes riesgos por la migaja más insignificante. No importa cuánto puedan conseguir, nunca será suficiente; comen sin llenarse nunca, abalanzándose sobre la comida con una urgencia animal, escarbando con sus dedos huesudos y sin cerrar jamás las mandíbulas. Casi todo lo que comen se escurre, baboso, hacia la barbilla, y aquello que logran tragar, suelen vomitarlo pocos minutos después. Es una muerte lenta, como si la comida fuera un fuego, una locura, abrasándolos desde el interior. Piensan que comen para sobrevivir pero, en realidad, son ellos los que acaban siendo devorados.




Fuente de la imagen: cmapspublics3

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