La carretera
Cormac McCarthy
Mondadori
2007
210 páginas
Novela, drama apocalíptico
Inquietante y
lúcida, la última novela del gran Cormac McCarthy tiene como escenario un
terreno baldío, un páramo carbonizado que es lo único que queda de lo que
alguna vez fue Norteamérica. Ya no existe más vida sobre la tierra que la
humana y los hombres se comen los unos a los otros. Un padre y su hijo recorren
este mundo apocalíptico sin saber cuál es su destino. El protagonista recuerda
los viejos tiempos, pero no sabe con certeza si esa memoria no es más que un
mito, una necesidad de crear una historia fundacional que dé sentido a la
desolación que le rodea.Una demoledora
fábula sobre el futuro del ser humano, destinada a convertirse en la obra
maestra del autor.
Elegí La carretera porque quería leerla antes de ver la película.
Me atrapó desde la primera página por su tono lírico y por la temática que me gusta mucho.
La novela
fue escrita en el año 2006 y ha recibido varios premios entre ellos el Pulitzer
en el 2007. Fue llevada al cine dos años más tarde por John Hillcoat.
La historia narra el derrotero de un padre con su hijo en
su trayecto hacia el sur, a través de una carretera, para escapar del invierno
post-apocalíptico. Está narrada sobre todo en tercera persona, aludiendo al
“hombre” y al “chico”. Cada uno de ellos representa valores humanos en un mundo
completamente destruido: la compasión y el coraje. No sabemos qué sucedió para
que la vida se haya extinguido restando unos pocos seres humanos. Este silencio
me ha gustado ya que, luego de leer tantas novelas sobre la temática y ver
películas y series, casi todas las historias plantean lo mismo. En cambio, el
autor se focaliza en un instante, en el trayecto. Apenas hay alusiones a sus
vidas anteriores.
Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos
había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más
tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día
anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su
mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de
plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y
buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había.
A lo largo de la novela, se
plantean ciertos dilemas morales que quedan en suspenso, como una exposición
hacia el lector para que él resuelva las tensiones, así sentí que sucedía página
a página, se mostraba y seguía, empujados también a ese movimiento perpetuo, mediante
palabras breves, pero justas, a seguir leyendo, incluso en los silencios.
Su
trashumancia nos influye a imaginar un mundo sin vida, donde ellos son quienes
llevan el fuego, los buenos, en búsqueda de esa tierra no quemada. Me acordé de
las travesías hacia la
Tierra sin mal que emprendían algunos grupos humanos en los
movimientos mesiánicos de salvación. La mención de la tierra baldía, me arrimó
hasta Eliot; ese paraje totalmente desolado, aniquilado, inhumano. Una esfera
negra y fría. Y toda la vida apagada.
Además, se
me grabó la imagen de padre e hijo arrastrando un carro de supermercado,
vestidos con harapos, revolviendo la basura, no tan lejana a la realidad de
muchos que viven en la ciudad en un estado de invisibilización permanente.
Se levantó y permaneció tambaleante en aquella helada oscuridad
autista con los brazos extendidos para mantener el equilibrio mientras su
cerebro se esforzaba en hacer sus cálculos vestibulares. Una antigua crónica.
Buscar la vertical. Ninguna caída salvo precedida por una declinación. Dio varias
zancadas grandes hacia el vacío, contándolas para el regreso. Los ojos
cerrados, los brazos remando. ¿Vertical respecto a qué? Algo anónimo en la
noche, filón o matriz, para lo cual él y las estrellas eran satélites comunes.
Como el gran péndulo en su rotonda escribiendo a lo largo del interminable día
movimientos de un universo del que se puede decir que nada sabe y sin embargo
algo debe de saber.
En tanto
leía, pensaba que en una catástrofe la supervivencia recae en la unión. Pero
cuando la catástrofe es en el alma, cuando nos ha arrasado hasta el hueso, cada
uno es expulsado a la soledad de enfrentarse a la propia desintegración,
arrastrando el pasado, el sufrimiento de la pérdida ante la muerte. ¿Cómo vivir
observando la muerte de la vida de todo un planeta? ¿Se puede vivir arrastrando
el peso de semejante dolor?
La carretera será de esas historias que perduran y que
cada tanto recordaré.
No es una novela post-apocalíptica
que vuelve sobre el desastre con zombies incluidos, sino que mezcla poesía y
originalidad al contar sobre este tema. Aquellos que gustan de la poesía y de
una escritura de excelencia encontrarán una obra que los movilizará mucho.
Hermosa
historia, bellamente escrita y con un mensaje de no rendirse, de continuar avanzando
con esperanza, incluso en los momentos más desoladores.
En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han
dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el
nunca será de lo que nunca fue?