domingo, marzo 08, 2015

Biografía del hambre - Amélie Nothomb (Reseña)



EL SUPERHAMBRE: “EL HAMBRE SOY YO”



La ausencia de hambre es un drama
que nadie ha estudiado.



Título: Biografía del hambre
Autor: Amelia Nothomb
Año: 2006
Editorial: Anagrama
Páginas: 208

ISBN: 9788433970909










Biografía del hambre es una novela autobiográfica que cuenta, sobre todo, la infancia y la adolescencia de la autora a través de un aspecto: el hambre. Cuando hablamos de hambre lo primero que pensamos es en la comida pero la autora no habla de ese tipo de hambre sino que involucra a todos los sentidos: comer, tocar, mirar, oler. Más que hambre la palabra que me resonaba mientras leía era voracidad. Un ser voraz dispuesto a tragarse el mundo, a deglutir ese mundo mediante cada uno de los canales sensoriales: agua fresca, mujer bella, olores dulces. Detrás de cada uno de ellos habita el acercamiento a la belleza aún por la contracara de la fealdad y de lo hórrido. Es así que pasa de la belleza de una mujer que admira, a la descripción de los leprosos y a la  de su cuerpo desgastado por la anorexia.

El hambre es deseo. Es un deseo más amplio que el deseo. No es voluntad, que es una forma de fuerza. Tampoco es debilidad, ya que el hambre no conoce la pasividad. El hambriento es un ser que busca.

         El hambre, ese deseo de algo, esa puntada en el estómago siempre presente, es la insatisfacción permanente, es una búsqueda continua de eso que nos podría satisfacer, al menos, de manera efímera. Recuerdo un libro que leí hace tiempo, Tener o ser, donde Fromm se explayaba sobre la búsqueda infructuosa de la felicidad a través de la satisfacción de los deseos.  En este sentido, el hambre obraría como un disparador perpetuo hacia algo que está más allá y que solo se alcanza por unos segundos y que nos empuja, de nuevo, al vacío. El hambre señala al vacío. No es un hambre, es un superhambre.


Por hambre yo entiendo esa falta espantosa de todo el ser, ese vacío atenazador, esa aspiración no tanto a la utópica plenitud como a la simple realidad: allí donde no hay nada, imploro que exista algo.

Si Nietzsche hablaba de superhombre, me autorizo a hablar de superhambre.

La superhambre no era la posibilidad de sentir más placer, era la posesión del principio mismo del disfrute, que es el infinito.

         El comienzo del libro me pareció genial, me enganché enseguida con sus descripciones sobre un lugar, Vanatu, donde la abundancia produce una vida sedentaria, abúlica y hasta aburrida. Su manera de explicar el carácter de un grupo humano por el entorno, quizás no acertado antropológicamente hablando, le permite luego explicar cómo el derrotero de ciudad en ciudad, del contraste entre Pekín y New York, impactó en su forma de ser en el mundo, en su hambre.
         El libro, para mi gusto, arranca con mucha fuerza y la logra mantener en casi todo el libro pero el final se precipitó de tal manera que me pareció que lo cerró porque lo tenía que terminar. Si al comienzo indaga de manera extensa ciertos aspectos, al final pasa con rapidez saltando de año en año como si el hambre fuera solo un aspecto de la infancia y la adolescencia, y no pudiera explayarse en las nuevas formas de hambre que, según ella, la caracterizan. Tampoco pude leer lo que más quería, el hambre de la palabra, el hambre de la escritura, ya que apenas hay dos párrafos o tres hacia el final de la obra. Me pareció que al libro le faltó crecer, madurar, completarse, adentrarse en el presente de la autora, cerrar con algo más contundente a la altura del comienzo del libro. Cuando lo terminé,  no pude dejar de admirar su estilo, me encantó su escritura aunque quizás no era el libro para estrenarme con ella. En definitiva, seguiré leyendo a la autora. ¿Me recomiendan alguno de sus libros?


No comprender algo es un fermento fenomenal para la escritura. Mis novelas daban forma a una incomprensión creciente.






        

Por Keren Verna


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