De niña, más que la navidad, me gustaba esperar a los Reyes
magos, ponerles pasto para los camellos, un plato con agua y los zapatitos.
Pensaba en la estrella de Belén guiándolos hasta el niño Jesús, atravesando desiertos solo iluminados por la luz de una estrella y me emocionaba más que Papá Noel que no entendía qué tenía que ver con Jesús, aún no lo
entiendo.
En mi cabeza
infantil se me mezclaban con las hadas madrinas de la Bella Durmiente y los regalos a
la recién nacida. Era como vivir un cuento de hadas. Además, eran magos y eso
ya lo decía todo.
Espero que
los reyes traigan a nuestros corazones compasión, sabiduría y el ejercicio de
la paz verdadera.
-Yo soy
Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a
decir: La vida es pura y bella.
Existe
Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo
sé por la divina Estrella!
-Yo soy
Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe
Dios. Él es la luz del día.
La blanca
flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el
placer hay la melancolía!
-Soy
Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que
existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo
sé por el lucero puro
que
brilla en la diadema de la
Muerte.
-Gaspar,
Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa
el amor y a su fiesta os convida.
¡Cristo
resurge, hace la luz del caos
y tiene
la corona de la Vida !
Rubén
Darío