domingo, marzo 19, 2017

Poesía de Oro (Retos)


Sor Juana

Este mes, como parte de la iniciativa Lecturas españolas conjuntas (LEC), ha tocado la poesía de oro española. Comencé a leer y se me apareció un recuerdo: tengo unos quince años, estoy en la casa de mi infancia, en la mesa del comedor, haciendo la tarea para literatura. Leo Fray Luis de León y sobre la Época de oro. Llego a Sor Juana Inés de la Cruz y me encantan sus poemas. Por esa época, no teníamos Internet, así que busqué más información y poemas en la biblioteca de la escuela. La bibliotecaria sintió una especie de orgullo por una adolescente que quería leer poesía clásica. Lo noté cuando sonrió y me acompañó hasta la estantería y se quedó mirándome con una sonrisa gigante. Recuerdo que admiré a Sor Juana por su inteligencia, por su bravía. Muchos años después, llegué al film argentino Yo, la peor de todas que narra parte de la vida de Sor Juana. Y ahora, qué casualidad, me apunté en Netflix para ver una serie sobre ella, Juana Inés.
            Pensemos en su época: ella nació en México en 1651. Fue una mujer que demostró su inteligencia en un mundo dominado por hombres; encima, fue también una  monja hablando de amor. Aprendió a leer y a escribir a los tres años. No pudo, aunque lo intentó, ingresar a la universidad. Por ese tiempo era un área masculina. Pensar que hoy día la mayoría de las carreras humanísticas están cursada por mujeres.



            Luego, Sor Juana ingresó a un convento, pero continuó escribiendo literatura a pesar de las críticas y las oposiciones. En una carta dirigida la obispo, expuso sus libertades como mujer, cuestión que le generó aún más críticas y lo peor, renunció su enorme biblioteca y a todos los instrumentos musicales y otros elementos relativos al mundo artístico que ella atesoraba para no caer bajo la Inquisición, que veía brujas y herejías en las mujeres que no acataban las normas y las formas de ser mujeres instituidas: esposa, madre, católica acérrima, recatada, dócil y doméstica.
            En una carta, ella expresa:

El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena. (…) Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio; y que no otro motivo me entró en religión, no obstante que al desembarazo y quietud que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y después, en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentación; y sí sería.
(…)

Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres --y más en tan florida juventud-- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno.

Creo que voy a tener un segundo momento “Sorjuana” en mi vida luego de sus lecturas de poemas, nuevamente, y mientras mire la serie de Netflix.



Continuando con el Siglo de oro, Santa Teresa de Jesús también fue importante en la misma época de mi vida, ya que por entonces quería ser monja, sí, así es, y carmelita. Santa Teresa era como un modelo a imitar entre mis compañeras. Leíamos sobre su vida algunas tardes e imaginábamos en un convento, más nos atraía el misterio y la magia de los éxtasis místicos, viéndolo a la distancia de los años.
Leer a estas dos mujeres me transportan a mi adolescencia y a mis primeros amores.




Y otro autor que me encantó leer por esa época fue Quevedo. Por mi cuenta, en la biblioteca, había descubierto esos poemas picarescos. Claro, que la profesora no nos había dado estos poemas para leerlos. Ni hablar de su poema que sigue vigente hoy día: Poderoso caballero es Don Dinero.

Yo al oro me humillo (…) Y pues es quien hace iguales al duque y al ganadero. (…) Y al cobarde hace guerrero (…) y ablanda al juez más severo.

¿Se acordaban de estos autores? ¿Aún los leen?




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